lunes

La Mujer Sin Memoria y Otros Relatos - 2ª edición

Premio Narrativa Caja Madrid 2007

Finalista Premio Setenil 2007 al mejor libro de relatos publicado en España

 

Disponible Aquí

 
 Portada de la 2ª edición: Carla Saleta Esteban

martes

La meseta

La meseta se despliega, árida, a los lados de la carretera y también hacia el norte. A veces no hay nada más. A veces están los chopos, que crecen rodeando algún riachuelo, o aparece un pequeño pueblo llano que enseguida queda atrás y a Irene, desde su asiento, le parece que ni siquiera lo ha visto, y es capaz de continuar su viaje mirando al frente o leyendo una revista, como si nada.
Por dentro la meseta es otra cosa. Pero, vista así, como lugar de paso, no llama nada la atención.
El autobús recorre la carretera que cruza la meseta. Dos veces al día hace el mismo recorrido. Su ruta empieza más abajo, en la costa, luego cruza las montañas encrestadas, como olas gigantes, y conforme va avanzando hacia el norte se adentra en la planicie. Poco a poco, todo lo demás deja de existir y uno tiene la impresión de que lo que ha visto antes era un espejismo.
A veces, el sol late sobre los campos de cereales como un corazón asfixiado. El tiempo se queda como muerto y, entonces, los conejos y las liebres sacan la lengua y se ponen a mirar el vacío durante horas. El vacío se ve mejor en la meseta que desde ningún otro lugar.
Así es la meseta.
La meseta es, además, la distancia que separa a Irene de su amiga Sofía.
Cuando Irene piensa en su amiga, piensa en salir de fiesta con ella, en ligar, en ir de tiendas o de exposiciones por Madrid. Poco le importa tener que cruzar la meseta, aún no tiene conciencia de ella. A Sofía le pasa lo mismo, que cuando piensa en Irene piensa en pasarlo increíble en la playa, en acampar en algún festival de los que se montan en explanadas, por toda la provincia, o en conocer chicos y en recorrer juntas la costa. Las dos son muy sociables y les gusta, sobre todo, divertirse. Se diría que, juntas, sólo han conocido lo bueno.
Irene vive sola, en una casa plantada en un terreno con naranjos, perales y aguacates, cerca de Almuñécar y del mar. Trabaja como administrativa en una Caja de Ahorros y tiene dos gatos. Nunca ha comparado a sus animalitos con los que ha visto a veces en la meseta, se nota a la legua que sus mascotas no han conocido ese paraje.
Sofía es cuatro años menor que Irene y vive en el centro de Madrid, en un barrio que no hace más que llenarse de locutorios, restaurantes de comida internacional, teatros, academias de danza y galerías de arte. Sofía trabaja a veces de camarera y a veces de actriz. En unos momentos, tiene dinero. En otros, no. En Madrid, las cosas andan así.
Irene sube a Madrid al menos un fin de semana cada dos meses. Sofía también hace lo que puede por viajar al sur.
Se conocieron en Egipto, en un viaje organizado que duraba siete días. Conectaron bien en aquel país y, aunque viven lejos, poco a poco y de forma espontánea la cosa ha acabado en amistad. Últimamente la situación ha llegado a un punto en el que las dos están empezando a sentir que son amigas íntimas y ya se han confesado varios secretos que no le han contado a casi nadie más.
Desde entonces, aparte del trabajo, sus vidas transcurren más o menos simultáneas, van por caminos parecidos. Lo que pasa es que ahora a Irene le ha ocurrido algo que nunca le ha sucedido a Sofía, y es que su padre se ha puesto muy enfermo y han tenido que operarle.
Ya han pasado cuatro años desde Egipto y en estos momentos hablan más que nunca porque el padre de Irene lleva dos meses en urgencias. Está muy enfermo, la operación ha salido bien pero en el hospital las cosas se han complicado y parece que no termina de recuperarse. Le han vuelto a operar, esta vez por otro motivo, y Sofía telefonea al móvil de su amiga cada noche para animarla.
Nunca se habían sentido tan unidas. Además, son momentos intensos y duros para Irene, y Sofía concentra gran parte de su energía en ella y eso le está haciendo olvidar a un noruego que la decepcionó. A estas alturas, podría decirse que a las dos les viene muy bien el apoyo de la otra.

Un lunes, a media tarde, Sofía está mirando la ciudad a través de la ventana de su apartamento. El pelo le llega hasta la cintura y lo lleva cogido en una cola baja. También lleva una camiseta larga con escote ancho y unas mallas. Tiene el gesto radiante mientras recorre con los ojos la pila de tejados y de antenas que, desde su altura se desdoblan una y otra vez hasta el horizonte. Apoya una mano en el marco de la ventana, le brillan los ojos. Está tremendamente contenta porque acaban de llamarla de una productora. Ha superado dos castings y va a interpretar cierto papel en la nueva película de un director de cine famoso.
A pesar de la extensa variedad de tejados, todos inconexos, que cubren la ciudad, y del abundante hierro que llevan encima, Madrid se ve bonita a través del cristal y el cielo se vierte sobre el cielo mismo en distintas capas, violetas y fucsias, que se superponen. Parece que se esté escurriendo hacia el horizonte. Resbalando, o diluyéndose.
Ella, mientras, imagina hasta dónde podría llegar. Puede que alcance el éxito, muchas veces lo ha pensado porque se cree especial. Ahora, esta es una buena oportunidad para promocionarse, la mejor que le han ofrecido.
Además, va a trabajar junto a dos actores ya consagrados. Aprenderá mucho.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez no llaman de la productora, ahora es Irene quien telefonea para decirle que su padre ha muerto. Sofía está muy contenta porque ha conseguido el papel pero tiene que reaccionar ante la situación, tiene que ponerse muy triste para darle el pésame a su amiga. A Sofía nunca se le ha muerto nadie, no sabe lo que es eso, no tiene ni idea pero intenta ponerse en el lugar de su amiga. Hay que ser empática. En realidad, eso resulta mucho más difícil de conseguir de lo que a simple vista parece.
Lo importante es que Irene sienta que Sofía está con ella, que no está sola. Así que no dice nada de la película, llora con ella la muerte del padre y cuando cuelgan llama de inmediato a otra amiga para contarle lo de su papel. De nuevo está muy contenta, es la oportunidad de su vida.
Esa noche, cuando Sofía vuelve a pensar en Irene, intenta imaginar el dolor de su amiga. De nuevo le parece muy difícil, sobre todo porque ahora ha logrado su sueño.

Pasa una semana.
Irene le dice a Sofía que quiere ir a visitarla, pasar tres días en Madrid para cambiar de aires. El entierro y los días siguientes han sido muy duros. Ahora quiere desconectar, está muy cansada.
Una vez más, Irene cruza la meseta.
Sin embargo, ahora es totalmente consciente de ese lugar, siente su vacío tremendo. Es más, le parece que ese vacío está terminando de vaciarla a ella también y, al llegar a la estación sur de autobuses en Madrid, corre por el vestíbulo principal hasta los lavabos y se pone a vomitar. Apoya una mano en los azulejos fríos, sucios, que le quedan a la izquierda. Ahora ya no es nada. Ahora está rota, a punto de escindirse. Siente su cuerpo hueco. Enseguida se arrepiente de haber viajado a Madrid. Tendría que haberse quedado con sus tíos y sus hermanos, con los amigos de sus padres y los vecinos que la conocen desde que era pequeña. Allí, en el funeral y los días después, se sentía como un trapo, cansada, muy triste, pero protegida, agradablemente protegida. Podía sufrir a gusto. El que tenía era un dolor que, en sí mismo, encarnaba la vida. Ahora está sola y hueca, en el vestíbulo principal de la estación de autobuses, junto al puesto de información y dos extranjeros. Espera a la otra chica pero se siente alejada de todo, lo ocurrido en los últimos días le parece un sueño.
Cuando Sofía aparece, se dan un abrazo que dura casi medio minuto. No dicen nada, solo se abrazan, muy quietas, con los ojos cerrados. Sofía se lo había prometido una semana antes, por teléfono, el mismo día que el padre de Irene se murió. Le había dicho a Irene: «Cuando te vea te voy a dar un abrazo tan grande que te voy a quitar todo el dolor». Sofía es así, ingenuamente egocéntrica, cree que puede cambiar los estados anímicos de las personas solo con su presencia.
Se miran a los ojos y después se ponen a caminar hacia el exterior en busca de un taxi.
Mientras avanzan con la pequeña maleta de ruedas de Irene detrás de ellas, Sofía se pregunta qué puede hacer por su amiga. La quiere, la ve muy pálida y como ida. Siente tremendamente que esté así pero no puede ponerse en su lugar y eso la atormenta, eso le hace sentirse incómoda y, por la misma razón, no deja de hablar. Ella cree que, si no hay silencios, no habrá vacío, y entonces le cuenta todo lo que ha hecho durante los últimos días. Le habla del casting y de los siguientes encuentros en la productora.
A Irene no le interesa nada de lo que su amiga le describe y solo abre la boca una vez para decir:
—Es horrible.
—¿Qué es horrible? —le pregunta Sofía.
El taxista coge la maleta y la guarda en la parte de atrás del coche.
—Esa meseta. Es muy jodida.
Sofía necesita a Irene, necesita tener una amiga como ella a quien contarle por teléfono los asuntos cotidianos  y, también, para irse de tiendas o de fiesta con ella. Eso es algo que Sofía hace sobre todo con Irene. A Irene le pasa lo mismo, que también hace esas cosas más que nada con Sofía.
Las dos saben bien cómo divertirse pero, ahora que su padre ha muerto, ya no saben qué hacer.
Suben al piso de Sofía, dejan la maleta y salen a tomar un café.
Ha anochecido y la gente está saliendo de sus pisos y sentándose en las terrazas del barrio. Ellas cruzan la calle principal, sorteando las mesas y a las personas que, ahora, no tienen un rostro determinado. Giran en la plaza y comienzan a subir por un callejón donde ya no se oye nada. Entran en un bar tranquilo, toman un descafeinado. Sofía se entretiene en hablarle de un chico que hay al otro lado del bar, le conoce de vista. Irene la mira como se mira algo que hay a muchos kilómetros de distancia, a un avión en lo alto del cielo, por ejemplo.
Después, salen y siguen paseando, en silencio.
—Creo que he madurado —dice Irene al cabo de un rato—. Estos tres meses me han hecho madurar. Ahora veo las cosas de otra manera.
Irene le llama a eso madurar. Mientras, Sofía mira el adoquinado por el que avanzan y piensa que no va a saber ayudar a su amiga. Desearía estar en otro sitio. De repente, le estremece la idea de que, en realidad, ahora son dos desconocidas, que están muy lejos la una de la otra. Ahora, la meseta está aquí y se ha convertido en lo peor de ellas.
Mentalmente, Sofía busca nexos de unión, frases que interesen a su amiga. Espera que el lenguaje salve esa distancia.
En este momento, nada sale de forma espontánea y, por primera vez, ha de esforzarse en crear vínculos.
Entonces se interesa por la familia de Irene y le interroga sobre todos ellos pero, cuando se le acaban las preguntas, resuelve contarle el guión de la película.
Conforme se explica, se va dando cuenta de que a Irene no le interesa ese tema lo más mínimo. Aun así, no puede evitar seguir hablando. Le resulta más difícil quedarse en silencio que hablar. Está perdida.

Esa noche, cuando Sofía apaga la luz de su mesilla de noche, pasan tres horas hasta que consigue dormirse.
Por la mañana, las aristas de la ciudad brillan resplandecientes y el reflejo del sol en ellas se cuela por las ventanas del apartamento. Es un reflejo muy bonito que dibuja formas geométricas en las paredes. Las dos lo ven y lo comentan.
No hay razón externa que impida que las cosas salgan hoy mejor.
A veces, durante el desayuno, Sofía percibe un gesto de interés en Irene, una mueca de atención, y se alegra. Pero, a media mañana, Irene dice: «No tenía que haber venido».
Ella ya no la necesita, eso parece. Necesita a la gente que la rodea a diario, nada más que eso.
Durante el día, pasean por la ciudad, cruzan dos parques. En unos de ellos, Irene se para a recoger unas castañas, las acaricia y se las mete en el bolsillo.
Por la tarde, entran en un cine.
A la salida, Sofía se enciende un cigarrillo.
Las dos amigas se ponen a caminar mientras comentan la película que han visto. Cada una tiene una opinión totalmente distinta sobre el mismo filme. Además, a Irene le gusta el cine de autor, las películas de culto —eso comenta— y, en un momento dado, le dice a Sofía que es una superficial. Después, dice que el argumento de la historia que acaban de ver está muy mal planteado y que no entiende cómo una actriz no se da cuenta de esas cosas. Luego, se calla y Sofía fija la mirada en el suelo mientras camina, también callada.
Van paseando hasta el apartamento de Sofía pero parece que fueran a separase en cualquier momento.
Cenan en la salita, ponen la televisión. Después, Sofía saca el frutero y se quedan viendo varios capítulos de una serie que les gusta a las dos mientras pelan mandarinas. Sofía mira a veces a su compañera, de reojo. Después, se acuesta.
Amanece y lo primero que piensa cada una al despertar es que, esa tarde, habrá acabado todo.
Irene toma el autobús de las siete, quizá pueda incluso adelantar el billete para el coche que sale después de comer.
Piensa en llamar por teléfono a la estación y, entonces, a Sofía se le ocurre una idea; la anima a que salgan de compras.
Las dos ponen de su parte para pasar el último día de tienda en tienda, probándose ropa. Al cabo de dos horas, ya están entrando y saliendo de las tiendas que más les gustan de la ciudad.
Se enseñan, sujetándolos por las perchas, los vestidos y pantalones en los que se ha fijado cada una. Entran en todos los probadores. En determinado comercio, Sofía se guarda unos pendientes en el agujero que tiene el forro de su bolso.
Con todo, a primera hora de la tarde ya han gastado más de trescientos euros cada una.
Parece que las cosas empiezan a ser como antes. Se toman unas bebidas en la terraza de un bar y bromean con el camarero que más les gusta. Pero, más tarde, cuando Irene empieza a prepararse para el viaje de vuelta y mete las bolsas con la ropa nueva en la maleta, se avergüenza de sí misma por haber comprado, por haber reído y, con las mismas, se lo hace saber a Sofía.
A estas alturas, ninguna de las dos tiene ya ni idea de lo que la otra estará pensando.
Se despiden esa tarde en la estación y Sofía vuelve caminado a su apartamento.
Sube por una calle muy larga, aparentemente interminable. Luego, gira a la izquierda, pasa por delante de un museo y de varios comercios cerrados. No mira a ninguna parte. Está pensando. Cree que no volverá a ver a su amiga. Cree que, la muerte, cuando pasa, arrasa con todo, no solo con los que se van.
Cuando llega a casa, coge el teléfono y llama a su madre enseguida. Ahora, solo quiere oír su voz.

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos' 

domingo

Rabbit Rouser

Mi marido y yo nos acabábamos de separar, aunque seguíamos viviendo juntos. Nadie lo sabía, me refiero a nuestras familias o nuestros amigos. Y, los niños, no sé qué podrían pensar.
De todas formas, las cosas no habían cambiado demasiado al separarnos. Hacía tres años que no compartíamos habitación, siempre nos gustó tener nuestro propio espacio, y, respecto a las relaciones sexuales, la verdad es que nunca habían sido algo habitual entre nosotros.
Cuando conocí a Raúl, me contó que no le gustaba el sexo, habían abusado de él una vez cuando era pequeño y desde entonces le tenía miedo a la intimidad física. Me dijo que, varios años después de aquello, se había ido a la cama con alguna mujer pero, llegado el momento, temía imaginarse cosas. Se bloqueaba. Creyó que era una cuestión de imaginación.
También me contó que, más tarde, empezó a tener dudas y, una noche, las cosas vinieron solas. Conoció a un par de tipos en un parque, una pareja de gays que le invitaron a su casa. Allí se dejó hacer, nada más que eso, tampoco entonces participó, pero se le acabaron las dudas. A partir de ese momento, se vaciaba en su trabajo. Estaba más tranquilo. Tenía las ideas claras. Pensaba que no le gustaban ni los hombres ni las mujeres y se mantenía al margen. Luego llegué yo y las cosas ya estaban así.
En lo que a mí se refiere, sí que me gustaba el sexo pero conocí a mi marido en una época, terminando la carrera, en la que no sabía exactamente qué me ocurría pero no me encontraba nada bien. Yo tenía 23 años, aunque ya me parecía que llevaba viviendo una eternidad y estaba completamente aburrida. El aburrimiento me ponía muy nerviosa. Me empeñaba en combatirlo y la cosa no solía acabar bien.
Después, me encontré con él.
Con Raúl no había pasión. Me gustaba la postura que cogía para abrazarme cuando dormíamos y el tono aplomado que usaba al hablar. Decía cosas muy bonitas. Además, era muy culto, eso me pareció cuando nos conocimos.
Había momentos que pasábamos juntos que se me quedaban grabados en la mente. A solas me gustaba recordarlos. Él me proporcionaba ese placer tranquilo que a menudo producen los documentales sobre naturaleza, y, en aquella época, eso era lo que yo creía necesitar.
Eso bastó para que me casara con él. Pensé que el resto lo cambiaría.
Hemos estado juntos una década y no hemos hecho el amor más que dos o tres veces al año. Con el tiempo la cosa no mejoró, yo me imaginaba acostándome con mis compañeros de trabajo y también con los hombres que se sentaban a mi lado en el autobús.
Después, decidí dejar de pensar en el sexo. Raúl y yo íbamos a ser felices para siempre. Luego vinieron Anita y Jorge. Y me parecía bonito tener una familia.
Mientras estábamos juntos, todo iba bien. A veces, cuando cambiaba de ambiente (durante las horas muertas del trabajo, sobre todo) me ponía a hablar con otras personas, escuchaba historias distintas y me daba por plantearme cosas. Después me quedaba una angustia que se extendía desde el estómago hasta la garganta y que, sobre todo, me apretaba mucho la caja torácica, como un corsé.
Con el tiempo, la angustia se extendía por todas partes y mi mundo se volvía cada vez más pequeño. Ya había demasiadas cosas en las que no pensar.
También hicimos terapia, la comenzamos unos meses antes de separarnos. Raúl se empeñaba en excitarse, lo intentamos todo, finalmente nos separamos pero nos quedamos tranquilos. Las cosas seguían igual aparentemente. Pensábamos continuar viviendo juntos hasta que los chicos crecieran. Estábamos bien, casi mejor que antes. Luego llegó mi treinta y cuatro cumpleaños. Raúl se empeñó en hacer una fiesta.
La organizamos en el pub que había cerca de casa, dos manzanas por detrás de nuestro bloque. Llegué tarde a causa del tráfico. Venía del trabajo; por aquella época tardaba casi una hora en llegar al barrio.
Cuando entré en el pub, ya estaban Sonia y Brigitte y todas mis amigas de la universidad. No nos veíamos mucho últimamente pero más o menos andábamos al corriente unas de otras. También estaba mi marido, un par de compañeros suyos del trabajo y otros colegas de mis amigas a los que conocía ligeramente.
No me vieron entrar. Mis amigas habían hecho un corro y Brigitte les estaba contando a las demás lo importante que le parecía tener un consolador en casa.
—Es primordial —decía—. Mucho más de lo que pueda serlo, por ejemplo, una lavadora o un lavavajillas.
Permanecí al margen, me apoyé en la barra junto a ellas y me puse a escuchar. Dejé el bolso sobre el mostrador de madera. El camarero estaba ligando con una chica rubia en el otro extremo.
Brigitte les contaba a las demás que ella había aprendido a tener orgasmos vaginales con el consolador. Antes de comprárselo, decía, no sabía donde quedaba el punto G; se lo tuvo que explicar la dependienta de la tienda donde lo adquirió.
Cerró un puño, haciendo como que el interior del puño era el interior de la vagina, hizo fuerza con la mano cerrada y las miró a todas mientras decía que para provocar el orgasmo vaginal había que contraer los músculos de la vagina. Mientras lo decía, contraía el puño repetidamente en el aire.
—Qué poco nos conocemos —exclamó otra de mis amigas. Después volteó la cabeza y, al verme, se puso a gritar. Todas se giraron, algunas empezaron a dar saltitos y a abrazarme.
—¡Cumpleaños feeliz, cumpleaños feeliz, te deseeamos Gloriaa, cuumpleaños feliz! ¡Súper feliz!
Todo el mundo nos miraba. Eso me parecía. Entonces ellas sacaron una bolsa y, de su interior, una caja con forma rectangular.
Estaba envuelta en papel de color fucsia y tenía que abrirla enseguida, eso decían, y lo hice.
Era un consolador de color rosa. Un Rabbit Rouser, explicaron.
Se rieron, todas, muy agitadas, y busqué a mi marido con los ojos. No le veía. Sonia creyó que estaba en los lavabos, le había visto bailando en la pista unos minutos antes. La pequeña pista quedaba al final del pub y ese día estaba adornada con unas luces muy pequeñas de color verde y azul, que caían del techo, colgando de unos finos cables plateados, de un metro y medio o dos de largo. Eran las mismas lucecitas que usaban para decorar la barra en Navidad. Puede que llevaran allí desde las últimas fiestas.
Me sorprendió escuchar que mi marido estaba bailando.
Algunas personas seguían mirándonos pero sonó Placebo y todos volvieron a lo suyo y ellas me dieron otras bolsas con más regalos. Luego, vinieron unos vecinos a saludarme y pedimos unas copas en el mostrador y algunos se fueron al baño y otros a bailar. Había barra libre hasta las doce, eso era lo que Raúl y yo habíamos acordado con el dueño del pub.
Después, vino Raúl a saludarme. Me dio un abrazo y me dijo que llevaba bailando toda la tarde. Lo contó como me cuenta mi hijo las cosas que le ocurren en la escuela y me sentí algo confusa.
Me acomodé junto a la barra con un vaso de ginebra y volqué dentro el botellín de tónica que, me pareció, era más pequeño de lo normal.
Estaba agotada pero me había propuesto divertirme de veras en cuanto le diera un par de tragos a la copa.
Sonia llegó por detrás y me cogió del hombro. Me giré. Nos dimos un abrazo y luego se unió Brigitte.
Yo nunca había visto bailar a mi marido, ese día fue la primera vez.
Le miraba, desde la barra, meneándose a sus anchas por los treinta metros cuadrados que debía tener la pista.
Le observé con curiosidad.
—No me lo puedo creer, nunca le había visto tan desatado —dijo Brigitte.
Él ya se estaba desabrochando la camisa.
—Se le ve muy animado, a tu marido.
Brigitte volvió a sacar el consolador de la caja y le colocó las cuatro pilas. Después, lo encendió y el aparato empezó a vibrar y a mover la punta haciendo círculos. Lo miramos y nos echamos a reír. Volvimos a mirarnos entre nosotras y reímos de nuevo. Habíamos cerrado el corro y Sonia y yo apoyábamos los codos en la barra, mirando en dirección a la pista de baile. Brigitte había quedado frente a nosotras, de espaldas a la pista, debajo de un foco que iluminaba su melena rubia y el consolador rosa.
—La verdad es que estéticamente no es muy bonito que digamos —opinaba Sonia.
—Es un armatoste, pero yo tengo uno igual y te digo que es completísimo —dijo Brigitte.
Continuaron hablando pero yo había vuelto a mirar a mi marido y ya no las oía. Pensaba en él. Luego en el consolador.
Sonó la campana. Eran las doce. Brigitte se acababa de encender un cigarrillo y me tendió el vibrador apagado que, automáticamente, guardé en el bolso.
—¿Qué tal lo lleváis? —preguntó entonces Brigitte. Chupaba su cigarrillo con ansia. Brigitte lo hacía todo con ansia, por eso estaba tan delgada.
—Bien —contesté. Su pregunta me había cogido por sorpresa. No venía a cuento.
—¿No le habrá sentado mal lo del consolador? ¿No se habrá dado por aludido? —dijo entonces.
Me daba pereza contestarle, por eso les propuse que fuéramos a bailar. En realidad hacía mucho tiempo que no hablábamos de nuestras vidas y yo prefería ir a la pista. Por aquel entonces ya había muchas cosas que era mejor no decir en voz alta, eso pensé.
De los altavoces salía Crazy in Love, de Benyoncée, y tenía mucho ritmo. La gente estaba pegando saltos en la pista.
—¿Le habrá sentado mal lo del consolador? A Raúl, digo — insistió Brigitte.
—No sé. No creo.
Entonces fue cuando me lo preguntó, me lo dijo así, de golpe, como si viniera a cuento. En ese momento no lo noté pero ella estaba ya bastante borracha.
—¿Nunca pensaste en serle infiel? Yo no habría soportado una relación así. Te lo juro.
Brigitte sabía que Raúl y yo no nos acostábamos. Yo no se lo había contado a ella (a Sonia sí), pero ese era el tipo de temas que enseguida se extienden.
—Bri, no seas cotilla. Eso son asuntos de Gloria que no le importan a nadie —exclamó Sonia.
Me sorprendió su tono de voz, parecía avergonzada. Quizá ella también pensaba que había cosas que era mejor no escuchar o no saber. A lo mejor su mundo se estaba volviendo, como el mío, más pequeño cada vez.
Pero yo no me sentí incómoda.
—Bueno, di, ¿le has sido infiel alguna vez?
—Nunca —dije—. Estuve un año soñando que me acostaba con todo el que se me cruzaba por delante. Solo eso.
—Joder.
—Sí. Luego me sentía mal. Por eso, me esforcé en dejar de pensar en el sexo. Me acostumbré a esa falta.
—¡Qué valor!
Me reí.
—De hecho —continué—, hace ya años que no siento el más mínimo deseo sexual. Por nadie.
—Joder —dijo Brigitte enseguida, y apagó su cigarro con asco.
—Joder, qué horror —dijo Sonia—. Lo cuentas de una forma que se me ponen los pelos de punta.
Sonia ya lo sabía. Ella y yo nos veíamos a menudo por aquella época, en el polideportivo. Íbamos juntas a nadar, al menos una vez a la semana, y luego comíamos en algún restaurante de los que quedaban cerca, antes de volver al trabajo.
—Pues así es. Además, Sonia, eso tú ya lo sabías.
—¿Lo de que no sientes el más mínimo deseo sexual?, ¿por nadie? Pues no sabía que la cosa estaba tan mal. Nunca lo habías dicho de esa manera.
No hablaba del tema, eso era verdad.
—¿Tanto le querías?¿Cómo para prescindir del sexo por él? —preguntó Brigitte. A Brigitte le parecía mucho más interesante la conversación que irse a bailar a la pista. En realidad, si no fuera por ella esta conversación no habría existido.
—Sí, eso creía, aunque ya no sé de qué ha servido. ¿Sabéis qué?
Me sentía más animada y apuré la ginebra. Dejé el vaso sobre la barra, miré la rodaja de limón mojada que había dentro, tiritando entre un par de hielos medio derretidos.
—Qué —preguntaron las dos al tiempo.
De repente tenía muchísimas ganas de contarlo. Nadie lo sabía aún.
—Os lo voy a decir. Aunque le prometí a Raúl mantenerlo en secreto.
Las dos se quedaron muy pendientes de mí, como congeladas. Entonces pensé que, quizá, diciéndolo en voz alta era cuando, realmente, iba a cambiar algo en mi vida. Les conté que nos habíamos separado.—En realidad, no hay casi diferencia. Ahora él duerme en otra habitación pero, por lo demás, todo es igual.
La dos me miraron boquiabiertas.
—Es extraño, ¿verdad? —continué.
No me gustó ver sus caras, solo estaban sorprendidas pero yo me sentía igual que antes.
—Sí que es raro, sí —dijo Brigitte, pensativa.
—Vaya, lo siento —se lamentó Sonia—. Pero, ¿tú estás bien?
Asentí. Después, tuve ganas de coger un pitillo del paquete de Camel que había dejado Brigitte sobre el mostrador, pero no lo hice. Llevaba ocho años sin fumar.
—Pues, entonces, has hecho bien, pero que muy bien —afirmó Sonia—. Nunca entendí que pudieras estar con un tío al que no le gusta el sexo. Y mira que yo a Raúl le adoro, eh. Es encantador, tú sabes que me encanta. Pero esta relación estaba acabando contigo como mujer. Perdona que te lo diga así.
Le pedimos otras tres copas al camarero. Dijo que nos invitaba. Supuse que había oído la conversación.
—¿Te acuerdas en el instituto? —comentó Sonia al rato—. Te liabas con todos los chicos que venían en moto a clase.
Brigitte soltó una risilla floja y me dio un codazo.
—Después, conociste a Raúl y cambiaste radical —siguió narrando Sonia.
—Sí, bueno, en qué momento, ¿verdad?
Yo ya estaba empezando a flaquear.
—Quizá soy un poco idiota, ¿no?, ¿creéis que soy idiota? —dije, como si de verdad lo dudara.
—De eso nada. ¡A brindar por tu nueva vida! —exclamó Brigitte. Y levantó la copa en el aire.
Chocamos los vasos, después los llevamos a la boca. No me sentía muy bien. Le di un trago largo a la ginebra, conseguí atrapar un pedacito de hielo con la lengua y empecé a masticarlo.
—No sé por qué, pero me daba igual no tener sexo. Él me quería y eso era lo que me importaba.
—Pues a mí no me daría igual —dijo Sonia.
El novio que tenía Sonia entonces, era profesor de capoeira y no había venido a mi cumpleaños porque estaba en Brasil, visitando a su familia.
—Mejor, es que no te tiene que dar igual —le dije yo.
Brigitte me abrazó. Me apretó muy fuerte contra su pecho y yo cerré los ojos.
Sonia continuaba hablando.
—Los hombres son mucho más egoístas que nosotras —decía—. A ver qué tío se casa con una mujer que tenga un trauma con el sexo, a ver. Yo no conozco a ninguno.
Brigitte encendió el cigarrillo que me hubiera gustado encender a mí y me observó.
—Bueno, ahora podrás rehacer tu vida —me miraba fijamente mientras me hablaba—. Volver a disfrutar del sexo.
—No sé,
Me quedé pensando.
—¿Cómo que no sabes? Ya verás como sí.
—Sabéis, hace poco me pasó algo.
Ellas volvieron a mirarme con interés y yo ya quería contarlo todo.
Me había puesto a jugar con la chapa amarilla de un botellín de tónica. La tenía entre los dedos, la dejaba caer sobre el mostrador de madera y luego volvía a cogerla. La ponía boca abajo y hacía círculos con ella sobre la barra. Hacía todo esto mientras hablaba muy despacio.
—Hace más o menos un mes conocí a un hombre y salimos un par de veces —les decía—. Era guapo y divertido. Pensé que me gustaba pero una noche fuimos a su casa a tomar la última copa. En el sofá, empezó a acariciarme y nos besamos. Era muy sensual, pero, de verdad, no sentí nada, absolutamente nada y escapé corriendo escaleras abajo. No he querido volver a verlo. No sé, ya no tengo ganas.
Me miraban sin pestañear.
—¡Es horrible! Lo siento pero me parece horrible. Has perdido diez años de vida sexual y encima te ha dejado de gustar el sexo. Estás jodida.
Eso fue lo último que dijo Sonia. Luego, se empeñaron en ir a bailar, pero ya era tarde.

Raúl estaba detrás de mí cuando cerré la puerta del dormitorio de los niños. Acabábamos de regresar de la fiesta y olíamos a tabaco.
El parqué crujió debajo de nosotros.
Yo les había cogido las caras, a mis hijos, durante largo rato y les había dado muchos besos mientras dormían. La canguro también estaba durmiendo, en la cama plegable.
Al salir al pasillo, él me abrazó. Arrimó su torso a mi espalda, me rodeó con los brazos y me dijo:
—Te quiero mucho, Glori. Me has ayudado tanto. Eres mi mejor amiga.
Sonreí. Cerré los ojos.
En ese momento, me sentí muy bien.
Él continuaba abrazándome. El suelo volvió a crujir y entonces se empeñó en preparar un tazón de Cola Cao con galletas, como hacíamos al principio, cuando nos conocimos.
Fuimos a la cocina; me llevó de la mano.
Me aupé hasta quedar sentada sobre la encimera blanca. Era una postura que no había vuelto a tomar desde hacía años, antes me gustaba verle cocinar allí sentada mientras charlábamos. Raúl era un gran cocinero.
Dejé las piernas colgando y el bolso apoyado sobre los muslos. Me miré los zapatos desde lo alto, los zapatos negros, las baldosas blancas y luego le miré a él.
Se nos había estropeado el microondas. Por eso, él estaba de pie frente al fogón y contemplaba la leche calentándose en el cazo. Noté cómo intentaba mantenerse firme, no perder el equilibrio ni balancearse de un lado a otro como hacía todo el tiempo. Pensé que él también había bebido mucho.
Parecía contento; de cuando en cuando le nacía una fina sonrisa en los labios. Enseguida se la mordía.
Entonces, me lo contó.
Me lo dijo así.
—¿Sabes qué, cariño?, ¿sabes que creo que estoy superando mi problema? Hoy me he empalmado dos veces mientras bailaba. Había una chica que se pegaba mucho a mí, para bailar, y me puso a cien. Y, esta mañana, en el gimnasio, no podía dejar de mirar el culo de una mujer que montaba en una bicicleta estática delante de mí. Ya he hablado un par de veces con ella y creo que me voy a lanzar. Le voy a pedir una cita. ¿No es fantástico?
El bolso se me escurrió de los muslos, rebotó en el suelo y empezó a vibrar y a arrastrarse como una babosa por las losetas blancas de la cocina.
Pensé en decir algo pero me había quedado sin habla. Eso significaba que no me venía a la mente ni una sola palabra y que estaba flotando. También puede ser que estuviera empezando a perder la cabeza. Además, el tiempo ya solo existía en el suelo. No había nada más en ninguna otra parte.
—¿Es tu teléfono móvil eso que vibra ahí dentro? —preguntó Raúl. Estaba atónito.
Los dos mirábamos el bolso.
De repente, me pareció que éramos otras personas.
—El consolador, creo —dije yo. Y sentí un pequeño alivio al oírme.
—Ah. Vaya. Creo que me he perdido algo —dijo él.
Y ya no hablamos más. Nos quedamos muy quietos. Mirando mi bolso. Viéndolo estremecerse y aletear sobre las baldosas níveas de la cocina. No nos decidíamos a recogerlo. Ni nos movíamos.

Relato 'Rabbit Rouser' perteneciente al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.

La mujer sin memoria

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'

La mujer sin memoria mira a los ojos al hombre tumbado a su lado en la cama y se estremece.
Están desnudos sobre el colchón, sobre las sábanas azules.
Él se incropora,  apoya la espalda contra la pared y respira hondo. Entreabre los labios. Extiende las piernas a lo largo del colchón y acaricia la mano de ella.
Los cuerpos, húmedos, brillantes.
Ella sigue tumbada. Su melena rubia se vierte sobre el almohadón de plumas, se derrama por todas partes. Parece que estuviera nadando, o flotando en el aire, con toda esa melena desplegada.
Las cosas no son nada fáciles para esa mujer, no hace falta decirlo. En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en la habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Ella seguirá recordando los conceptos, pero no a las personas. Mientras tanto, ahora, no percibe nada más que al hombre que hay a su lado. Tan impresionada está.
Se pregunta si será la primera vez que están juntos, le parece guapo y sensual. Le gusta mucho.
El atardecer se filtra por las ranuras de las persianas bajadas, destila finas hebras de sol por las paredes de la estancia.
No se oye nada en ningún lugar.
Él cierra los ojos y aprieta su mano. Ella le imita y pronto siente que se cae por un agujero muy profundo y que todo su cuerpo se hunde. Es una sensación intensa, la más apasionada que cree haber vivido. Siente vértigo, que le falta el aire e, impresionada por lo extremo de las sensaciones que la absorben, abre los ojos azules que se quedan muy redondos mirando al techo del cuarto.
Exhala
Se pregunta si será amor eso que ha sentido.
Pasan unos minutos.
Cuando vuelve a mirar al hombre, se estremece. Le embarga una emoción extraña. Le ve pero no le sitúa. Él no tiene un lugar en la cabeza de esta mujer. Nadie lo tiene.
¿Por qué se siente como si estuviera nadando en un lago sin fondo y con los ojos vendados? ¿Cuántas veces se habrá hecho la misma pregunta?
Aún reconoce las últimas horas que ha pasado con él. Nada más que eso.
Se asusta.
Enseguida su mente racionaliza que es muy probable que cada día tenga idénticas sensaciones. Que es inútil ponerse triste.
«Quizá sea mejor así —se dice—. Sin recuerdos».
No puede ni imaginarse cómo sería la sensación de almacenar datos y sentimientos durante años sin descanso. Cree que su mente no podría soportar el peso de un solo recuerdo porque no está acostumbrada a ello.
Finalmente, abraza al hombre que tiene a su lado. Abarca todas las emociones gratificantes que le produce su compañía.
El tiempo transcurre.

Una noche, las farolas iluminan la lenta caída de los copos de nieve.
La mujer sin memoria contempla la imagen a través de una ventana. La nieve cubre los tejados de la ciudad, las antenas y los árboles de la calle.
Dentro del apartamento, la calefacción está al máximo y el aire es caliente.
Suena la música de Barry White.
La mujer que no tiene memoria vuelve a la cama. Se quita el albornoz y se echa boca abajo junto al hombre allí tumbado. Se abrazan. Se siente feliz. Piensa que está enamorada de él.
Enseguida levanta el cuello para mirar a los ojos al hombre.
Él continúa tumbado boca arriba y tararea la canción. Solo sigue la melodía, no canta la letra.
Parece contento.
Ella se inclina para besarle.
El pelo suelto le cae sobre los hombros y roza el pecho del hombre.
Se acerca. Besa aquello que le produce tanto placer.
No sabe si es la primera vez que están juntos. No quiere hacerle preguntas porque no le apetece sentirse una inválida. A él se le nota perfectamente que sí tiene memoria, se le ve muy seguro de sí, de sus actos, como sabiendo dónde está y con quién en todo momento, como quien tiene un pasado ya hecho y un futuro por lo menos medio planeado. Ella ni siquiera cuenta con el dato de si le ha conocido esa misma noche o llevan juntos, por ejemplo, diez años.
De repente, le contempla con esa mirada poderosa que siempre tiene la mujer sin memoria.
Ella mira así, tan intenso, casi con urgencia, porque necesita aferrarse a algo con los ojos, a cualquier cosa, para no sentir ese desapego a todo que tan a menudo la ahoga.
De nuevo, baja la cabeza, la deja reposar sobre el pecho del hombre.
Durante un momento, descansa.
No hace falta decir que ella solo llega a descansar a ratos, instantes sueltos. Lo otro, la desazón, es una constante.
A menudo controla sus impulsos (conoce su defecto y le gusta disimularlo). Con frecuencia esto la lleva al agotamiento. El agotamiento le produce sueño y cuando despierta ya no recuerda nada.
Si no hay marcha hacia delante, hay marcha atrás.
Continuamente esa lucha.
Tiene el cuello ladeado, la cara mirando hacia la ventana. Se ha quedado observando la fragilidad de los copos de nieve en la intemperie, a través de la luz de las farolas.
La nevada la impresiona pero también le parece muy hermosa, muy especial, vista desde el torso del hombre, desde el interior de esa habitación.
Nadie más que la mujer sin memoria podría nunca comprender lo que ella siente cuando siente.
Ni lo poco que ella puede llegar a sentir.
Tan difícil resulta lo uno como lo otro.
De pronto, se nota feliz; se imagina que tiene una vida con él.
El viento ha empezado a agitar las hojas de los árboles. Los copos de nieve vuelan ahora en horizontal, se dejan llevar.

El tiempo vuelve a transcurrir.

Una tarde, el sol entra asfixiado por las ventanas. La mujer sin memoria se encuentra en una estancia que no reconoce. No importa, ella podría incluso estar en su propia habitación y no reconocerla. Pero, lo que en realidad la incomoda ahora, es el hombre tumbado a su lado en la cama. Está crispada, enfurecida con ese señor.
No recuerda que nadie le haya caído jamás tan mal, que nadie le haya irritado nunca tanto. No lo recuerda, pero eso es fácil para esa mujer. No olvidemos que ella lo vive todo con exacerbada pasión.
A sus ojos, todo es una novedad.
Cada detalle, extremadamente intenso.
Continuamente, este nerviosismo, esa desazón, aquella sorpresa, otro hallazgo… Y, ahora, cree que acaba de descubrir lo que es la antipatía.
En fin.
La mujer no almacena en su memoria ni una sola imagen o sentimiento que le hagan acordarse del cariño que le tiene al hombre sentado a su lado (en el supuesto caso de que ya le conozca) o, cuando menos, de ubicarse en la situación que está viviendo justo ahora.
¿Será él realmente un estúpido, o tan solo tendrán un mal día cualquiera de los dos?
El hombre le está cayendo grotescamente mal y no se ve con fuerzas como para soportarle durante mucho rato. Le sacaría de esa casa, de una patada, en ese mismo instante.
A veces, consciente de su propia falta de retentiva y de todo lo que esto trastoca su vida cotidiana (si es que se puede llamar cotidiana a su vida), esta mujer piensa, razona y analiza todo lo que le sucede con mucha mayor atención que el resto de las personas. Prefiere andarse con cautela en vez de tomar decisiones apresuradas.
Respira hondo. Mira por la ventana desde el colchón, contempla el día asfixiado, el azul febril del cielo, los vencejos sobrevolando la azotea del edificio de enfrente y, de repente, se pregunta si alguna vez le habrá amado.
Cree que es importante saberlo.
Se le ocurre que, quizá, sea él su gran amor.
Luego se le ocurre que eso es imposible.
No puede ser.
Qué tontería.
Es entonces cuando lo nota, la patada en su vientre. Por dentro.
Se mira la tripa. Está tumbada pero hasta este momento no se había dado cuenta de la enorme barriga que tiene. Es como un balón de fútbol. Cierra los ojos, recapacita. Los abre y se pone la mano en el vientre.
No quiere pensar en todas las frases, las preguntas, que se le vienen a la cabeza.
El hombre la mira desde arriba y sonríe. Está de pie. Le ha traído de la cocina una tableta de chocolate y ahora le ofrece un bloque de cuatro onzas.
Parece que quiere hacer las paces pero ella se mira la barriga.
¿Será fruto de su unión con ese hombre?
Enseguida alza el cuello y le observa.
No, por favor.
No quiere que él tenga nada que ver con ese vientre.
A veces es muy difícil razonar, reflexionar.
A veces ella se vuelve muy impulsiva.
—¡Me caes mal, no te aguanto! —grita, de repente. Después se coge la barriga.
Pero ella recuerda los conceptos. Los conceptos para la mujer sin memoria sí tienen valor. Un hijo es un concepto, un padre también.
Espera a que él diga algo. Se arrepiente de haberle hablado de esa manera. El hombre no dice nada. Ella espera. El hombre sigue callado cuando ella se mete la onza de chocolate en la boca, sin dejar de mirarle, y se la lleva al paladar y la aprieta levantando la lengua. Siente cómo se deshace. Él continúa callado. Entonces ella frunce el ceño y se pone a pensar. Tiene dudas, unas dudas enormes. Le dan ganas de mandarlo todo a paseo…
Respira hondo.
No debe ser fácil vivir con una mujer sin memoria. Lo reconoce.
Divaga. Forma conjeturas.
Se sorprende.
¡Puede que él no hable por que es mudo!
Menuda pareja, ella sin memoria y él mudo.
Y, ahora, a punto de tener un hijo.
Continúa mirándole. Ahora que lo piensa, no recuerda haberle oído hablar, pero ahora que lo piensa mejor tampoco recuerda por qué le caía tan mal ese hombre.
En fin.
La vida sin memoria no es nada seria. No lo es.
Se da media vuelta. Decide que lo mejor que puede hacer es dormirse. Se siente impotente. Desde fuera cualquiera podría pensar que está loca, esa es la sensación que le da. Si tuviera memoria podría compararse con el resto de las personas. Sin embargo, en esta situación, ella no es quién para juzgarse. Sin memoria todo se idealiza.
Todas estas circunstancias se le antojan demasiado complicadas.
Cierra los ojos.
De repente, al cabo de unos segundos, le hace mucha ilusión estar embarazada y vuelve a acariciarse la barriga. Debe estar a punto de dar a luz, se dice. Ya quiere ver a su hijo.
Poco a poco empieza la cuenta atrás.
Nota una mano cálida que le roza la cintura, por debajo de las sábanas.
¿Quién es?
¿Hay alguien más ahí, con ella, en la cama?
Ahora le parece todo muy agradable. Un cuerpo caliente junto al suyo. Es un hombre. Además ahora se ha puesto frente a ella y la mira. Tiene una bonita sonrisa y los ojos encendidos.
Va a tener un bebé y junto a ella hay un hombre guapo que no deja de sonreír. Eso le produce emoción. De pronto, se siente la mujer más feliz del mundo. No. Se siente la persona más feliz del planeta.
En cualquier momento, todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Mientras tanto, ella vive. Tan impresionada está.

sábado

Crítica publicada en la revista Mercurio

Revista Mercurio Nº 94
PANORAMA DE LIBROS
Fundación José Manuel Lara

LA VIDA MISMA
JUAN CARLOS PALMA
UN MOSAICO DE SITUACIONES DONDE LA FELICIDAD SE REVELA FRÁGIL Y QUE NOS RECUERDAN LA INCERTIDUMBRE DE NUESTRA VIDA DIARIA
La estimulante labor que viene realizando la editorial Lengua de Trapo desde su fundación con la captación de nuevos valores españoles y latinoamericanos y el patrocinio de varios premios de narrativa, entre ellos el suyo propio, arroja por lo general unos resultados encomiables. Prueba de ello es la salida a la palestra de la joven Silvia Sánchez Rog, desconocida hasta ahora pero bregada en el azaroso mundillo de los certámenes literarios. Los catorce cuentos aquí reunidos demuestran que esos años de fogueo han valido la pena. Algunos, como 35 kilómetros –un hombre y una mujer que todas las mañanas hacen el mismo recorrido en tren y se aman en secreto- o Rabbit Rouser–la terrible aparición de un consolador como punto final de una relación estancada- son sencillamente magistrales.

Hasta en los relatos que aparentan ser anecdóticos, caso de Dos palomas intentando saber, se aprecian destellos de originalidad y excelente técnica. La mujer sin memoria es un mosaico de encuentros y desencuentros donde la dificultad de acercarse y/o entregarse al otro hace que la soledad sea a veces preferible, cuando no el siempre sólido refugio familiar. Situaciones ya vividas, una persona que nos recuerda a otra, un amante que sólo parece estar en nuestra cabeza para darnos celos o que siempre ha estado ahí como un tren que se coge en marcha, o la desgracia o fortuna, según se mire, de poder olvidar el pasado de inmediato como le sucede a la protagonista del cuento que da título al libro. Siempre esa chispa que nos saca de la atonía y nos sumerge en un mundo nuevo donde la felicidad se revela extremadamente frágil. Así son los relatos de Silvia Sánchez Rog, un universo que nos recuerda demasiado a nuestra vida diaria, con su extraña y poderosa mezcla de incertidumbre y deja vû.
La mujer sin memoria y otros relatos
Silvia Sánchez Rog
Premio Narrativa Caja Madrid
Lengua de Trapo. 15,60 euros. 121 páginas

miércoles

Revista El Cultural

Ganador y finalistas del IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos.

El escritor Sergi Pàmies (París, 1960), con su libro Si te comes una limón sin hacer muecas, publicado por Anagrama, ha sido el ganador del IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España, dotado con 12.000 euros.

Los libros finalistas de esta edición del premio Setenil han sido Tráeme las pilas cuando vengas, de Pepe Monteserín; Alumbramiento, de Andrés Neuman; La sombra del caimán, de Manuel Moya; Sin ti, de Mara Torres, y La mujer sin memoria, de Silvia Sánchez Rog.

El jurado del IV Premio Setenil al Mejor Libro de Relatos Publicado en España ha estado compuesto en esta ocasión por Ana María Matute, José María Jiménez Cano, José Belmonte Serrano y Manuel Moyano, y ha elegido el libro ganador de entre las cuarenta y cinco obras presentadas por editoriales de toda España.

Los ganadores de las anteriores ediciones del Setenil, un premio de creciente implantación en el panorama literario nacional, han sido Alberto Méndez, por Los girasoles ciegos; Juan Pedro Aparicio, por La vida en blanco, y Cristina Fernández Cubas, por Parientes pobres del diablo.
( 23/10/2007 )

Periódico La verdad


ZUPERTELE


TP mayo 2007


Libros. Especial Sant Jordi.