martes

La meseta

La meseta se despliega, árida, a los lados de la carretera y también hacia el norte. A veces no hay nada más. A veces están los chopos, que crecen rodeando algún riachuelo, o aparece un pequeño pueblo llano que enseguida queda atrás y a Irene, desde su asiento, le parece que ni siquiera lo ha visto, y es capaz de continuar su viaje mirando al frente o leyendo una revista, como si nada.
Por dentro la meseta es otra cosa. Pero, vista así, como lugar de paso, no llama nada la atención.
El autobús recorre la carretera que cruza la meseta. Dos veces al día hace el mismo recorrido. Su ruta empieza más abajo, en la costa, luego cruza las montañas encrestadas, como olas gigantes, y conforme va avanzando hacia el norte se adentra en la planicie. Poco a poco, todo lo demás deja de existir y uno tiene la impresión de que lo que ha visto antes era un espejismo.
A veces, el sol late sobre los campos de cereales como un corazón asfixiado. El tiempo se queda como muerto y, entonces, los conejos y las liebres sacan la lengua y se ponen a mirar el vacío durante horas. El vacío se ve mejor en la meseta que desde ningún otro lugar.
Así es la meseta.
La meseta es, además, la distancia que separa a Irene de su amiga Sofía.
Cuando Irene piensa en su amiga, piensa en salir de fiesta con ella, en ligar, en ir de tiendas o de exposiciones por Madrid. Poco le importa tener que cruzar la meseta, aún no tiene conciencia de ella. A Sofía le pasa lo mismo, que cuando piensa en Irene piensa en pasarlo increíble en la playa, en acampar en algún festival de los que se montan en explanadas, por toda la provincia, o en conocer chicos y en recorrer juntas la costa. Las dos son muy sociables y les gusta, sobre todo, divertirse. Se diría que, juntas, sólo han conocido lo bueno.
Irene vive sola, en una casa plantada en un terreno con naranjos, perales y aguacates, cerca de Almuñécar y del mar. Trabaja como administrativa en una Caja de Ahorros y tiene dos gatos. Nunca ha comparado a sus animalitos con los que ha visto a veces en la meseta, se nota a la legua que sus mascotas no han conocido ese paraje.
Sofía es cuatro años menor que Irene y vive en el centro de Madrid, en un barrio que no hace más que llenarse de locutorios, restaurantes de comida internacional, teatros, academias de danza y galerías de arte. Sofía trabaja a veces de camarera y a veces de actriz. En unos momentos, tiene dinero. En otros, no. En Madrid, las cosas andan así.
Irene sube a Madrid al menos un fin de semana cada dos meses. Sofía también hace lo que puede por viajar al sur.
Se conocieron en Egipto, en un viaje organizado que duraba siete días. Conectaron bien en aquel país y, aunque viven lejos, poco a poco y de forma espontánea la cosa ha acabado en amistad. Últimamente la situación ha llegado a un punto en el que las dos están empezando a sentir que son amigas íntimas y ya se han confesado varios secretos que no le han contado a casi nadie más.
Desde entonces, aparte del trabajo, sus vidas transcurren más o menos simultáneas, van por caminos parecidos. Lo que pasa es que ahora a Irene le ha ocurrido algo que nunca le ha sucedido a Sofía, y es que su padre se ha puesto muy enfermo y han tenido que operarle.
Ya han pasado cuatro años desde Egipto y en estos momentos hablan más que nunca porque el padre de Irene lleva dos meses en urgencias. Está muy enfermo, la operación ha salido bien pero en el hospital las cosas se han complicado y parece que no termina de recuperarse. Le han vuelto a operar, esta vez por otro motivo, y Sofía telefonea al móvil de su amiga cada noche para animarla.
Nunca se habían sentido tan unidas. Además, son momentos intensos y duros para Irene, y Sofía concentra gran parte de su energía en ella y eso le está haciendo olvidar a un noruego que la decepcionó. A estas alturas, podría decirse que a las dos les viene muy bien el apoyo de la otra.

Un lunes, a media tarde, Sofía está mirando la ciudad a través de la ventana de su apartamento. El pelo le llega hasta la cintura y lo lleva cogido en una cola baja. También lleva una camiseta larga con escote ancho y unas mallas. Tiene el gesto radiante mientras recorre con los ojos la pila de tejados y de antenas que, desde su altura se desdoblan una y otra vez hasta el horizonte. Apoya una mano en el marco de la ventana, le brillan los ojos. Está tremendamente contenta porque acaban de llamarla de una productora. Ha superado dos castings y va a interpretar cierto papel en la nueva película de un director de cine famoso.
A pesar de la extensa variedad de tejados, todos inconexos, que cubren la ciudad, y del abundante hierro que llevan encima, Madrid se ve bonita a través del cristal y el cielo se vierte sobre el cielo mismo en distintas capas, violetas y fucsias, que se superponen. Parece que se esté escurriendo hacia el horizonte. Resbalando, o diluyéndose.
Ella, mientras, imagina hasta dónde podría llegar. Puede que alcance el éxito, muchas veces lo ha pensado porque se cree especial. Ahora, esta es una buena oportunidad para promocionarse, la mejor que le han ofrecido.
Además, va a trabajar junto a dos actores ya consagrados. Aprenderá mucho.
El teléfono vuelve a sonar. Esta vez no llaman de la productora, ahora es Irene quien telefonea para decirle que su padre ha muerto. Sofía está muy contenta porque ha conseguido el papel pero tiene que reaccionar ante la situación, tiene que ponerse muy triste para darle el pésame a su amiga. A Sofía nunca se le ha muerto nadie, no sabe lo que es eso, no tiene ni idea pero intenta ponerse en el lugar de su amiga. Hay que ser empática. En realidad, eso resulta mucho más difícil de conseguir de lo que a simple vista parece.
Lo importante es que Irene sienta que Sofía está con ella, que no está sola. Así que no dice nada de la película, llora con ella la muerte del padre y cuando cuelgan llama de inmediato a otra amiga para contarle lo de su papel. De nuevo está muy contenta, es la oportunidad de su vida.
Esa noche, cuando Sofía vuelve a pensar en Irene, intenta imaginar el dolor de su amiga. De nuevo le parece muy difícil, sobre todo porque ahora ha logrado su sueño.

Pasa una semana.
Irene le dice a Sofía que quiere ir a visitarla, pasar tres días en Madrid para cambiar de aires. El entierro y los días siguientes han sido muy duros. Ahora quiere desconectar, está muy cansada.
Una vez más, Irene cruza la meseta.
Sin embargo, ahora es totalmente consciente de ese lugar, siente su vacío tremendo. Es más, le parece que ese vacío está terminando de vaciarla a ella también y, al llegar a la estación sur de autobuses en Madrid, corre por el vestíbulo principal hasta los lavabos y se pone a vomitar. Apoya una mano en los azulejos fríos, sucios, que le quedan a la izquierda. Ahora ya no es nada. Ahora está rota, a punto de escindirse. Siente su cuerpo hueco. Enseguida se arrepiente de haber viajado a Madrid. Tendría que haberse quedado con sus tíos y sus hermanos, con los amigos de sus padres y los vecinos que la conocen desde que era pequeña. Allí, en el funeral y los días después, se sentía como un trapo, cansada, muy triste, pero protegida, agradablemente protegida. Podía sufrir a gusto. El que tenía era un dolor que, en sí mismo, encarnaba la vida. Ahora está sola y hueca, en el vestíbulo principal de la estación de autobuses, junto al puesto de información y dos extranjeros. Espera a la otra chica pero se siente alejada de todo, lo ocurrido en los últimos días le parece un sueño.
Cuando Sofía aparece, se dan un abrazo que dura casi medio minuto. No dicen nada, solo se abrazan, muy quietas, con los ojos cerrados. Sofía se lo había prometido una semana antes, por teléfono, el mismo día que el padre de Irene se murió. Le había dicho a Irene: «Cuando te vea te voy a dar un abrazo tan grande que te voy a quitar todo el dolor». Sofía es así, ingenuamente egocéntrica, cree que puede cambiar los estados anímicos de las personas solo con su presencia.
Se miran a los ojos y después se ponen a caminar hacia el exterior en busca de un taxi.
Mientras avanzan con la pequeña maleta de ruedas de Irene detrás de ellas, Sofía se pregunta qué puede hacer por su amiga. La quiere, la ve muy pálida y como ida. Siente tremendamente que esté así pero no puede ponerse en su lugar y eso la atormenta, eso le hace sentirse incómoda y, por la misma razón, no deja de hablar. Ella cree que, si no hay silencios, no habrá vacío, y entonces le cuenta todo lo que ha hecho durante los últimos días. Le habla del casting y de los siguientes encuentros en la productora.
A Irene no le interesa nada de lo que su amiga le describe y solo abre la boca una vez para decir:
—Es horrible.
—¿Qué es horrible? —le pregunta Sofía.
El taxista coge la maleta y la guarda en la parte de atrás del coche.
—Esa meseta. Es muy jodida.
Sofía necesita a Irene, necesita tener una amiga como ella a quien contarle por teléfono los asuntos cotidianos  y, también, para irse de tiendas o de fiesta con ella. Eso es algo que Sofía hace sobre todo con Irene. A Irene le pasa lo mismo, que también hace esas cosas más que nada con Sofía.
Las dos saben bien cómo divertirse pero, ahora que su padre ha muerto, ya no saben qué hacer.
Suben al piso de Sofía, dejan la maleta y salen a tomar un café.
Ha anochecido y la gente está saliendo de sus pisos y sentándose en las terrazas del barrio. Ellas cruzan la calle principal, sorteando las mesas y a las personas que, ahora, no tienen un rostro determinado. Giran en la plaza y comienzan a subir por un callejón donde ya no se oye nada. Entran en un bar tranquilo, toman un descafeinado. Sofía se entretiene en hablarle de un chico que hay al otro lado del bar, le conoce de vista. Irene la mira como se mira algo que hay a muchos kilómetros de distancia, a un avión en lo alto del cielo, por ejemplo.
Después, salen y siguen paseando, en silencio.
—Creo que he madurado —dice Irene al cabo de un rato—. Estos tres meses me han hecho madurar. Ahora veo las cosas de otra manera.
Irene le llama a eso madurar. Mientras, Sofía mira el adoquinado por el que avanzan y piensa que no va a saber ayudar a su amiga. Desearía estar en otro sitio. De repente, le estremece la idea de que, en realidad, ahora son dos desconocidas, que están muy lejos la una de la otra. Ahora, la meseta está aquí y se ha convertido en lo peor de ellas.
Mentalmente, Sofía busca nexos de unión, frases que interesen a su amiga. Espera que el lenguaje salve esa distancia.
En este momento, nada sale de forma espontánea y, por primera vez, ha de esforzarse en crear vínculos.
Entonces se interesa por la familia de Irene y le interroga sobre todos ellos pero, cuando se le acaban las preguntas, resuelve contarle el guión de la película.
Conforme se explica, se va dando cuenta de que a Irene no le interesa ese tema lo más mínimo. Aun así, no puede evitar seguir hablando. Le resulta más difícil quedarse en silencio que hablar. Está perdida.

Esa noche, cuando Sofía apaga la luz de su mesilla de noche, pasan tres horas hasta que consigue dormirse.
Por la mañana, las aristas de la ciudad brillan resplandecientes y el reflejo del sol en ellas se cuela por las ventanas del apartamento. Es un reflejo muy bonito que dibuja formas geométricas en las paredes. Las dos lo ven y lo comentan.
No hay razón externa que impida que las cosas salgan hoy mejor.
A veces, durante el desayuno, Sofía percibe un gesto de interés en Irene, una mueca de atención, y se alegra. Pero, a media mañana, Irene dice: «No tenía que haber venido».
Ella ya no la necesita, eso parece. Necesita a la gente que la rodea a diario, nada más que eso.
Durante el día, pasean por la ciudad, cruzan dos parques. En unos de ellos, Irene se para a recoger unas castañas, las acaricia y se las mete en el bolsillo.
Por la tarde, entran en un cine.
A la salida, Sofía se enciende un cigarrillo.
Las dos amigas se ponen a caminar mientras comentan la película que han visto. Cada una tiene una opinión totalmente distinta sobre el mismo filme. Además, a Irene le gusta el cine de autor, las películas de culto —eso comenta— y, en un momento dado, le dice a Sofía que es una superficial. Después, dice que el argumento de la historia que acaban de ver está muy mal planteado y que no entiende cómo una actriz no se da cuenta de esas cosas. Luego, se calla y Sofía fija la mirada en el suelo mientras camina, también callada.
Van paseando hasta el apartamento de Sofía pero parece que fueran a separase en cualquier momento.
Cenan en la salita, ponen la televisión. Después, Sofía saca el frutero y se quedan viendo varios capítulos de una serie que les gusta a las dos mientras pelan mandarinas. Sofía mira a veces a su compañera, de reojo. Después, se acuesta.
Amanece y lo primero que piensa cada una al despertar es que, esa tarde, habrá acabado todo.
Irene toma el autobús de las siete, quizá pueda incluso adelantar el billete para el coche que sale después de comer.
Piensa en llamar por teléfono a la estación y, entonces, a Sofía se le ocurre una idea; la anima a que salgan de compras.
Las dos ponen de su parte para pasar el último día de tienda en tienda, probándose ropa. Al cabo de dos horas, ya están entrando y saliendo de las tiendas que más les gustan de la ciudad.
Se enseñan, sujetándolos por las perchas, los vestidos y pantalones en los que se ha fijado cada una. Entran en todos los probadores. En determinado comercio, Sofía se guarda unos pendientes en el agujero que tiene el forro de su bolso.
Con todo, a primera hora de la tarde ya han gastado más de trescientos euros cada una.
Parece que las cosas empiezan a ser como antes. Se toman unas bebidas en la terraza de un bar y bromean con el camarero que más les gusta. Pero, más tarde, cuando Irene empieza a prepararse para el viaje de vuelta y mete las bolsas con la ropa nueva en la maleta, se avergüenza de sí misma por haber comprado, por haber reído y, con las mismas, se lo hace saber a Sofía.
A estas alturas, ninguna de las dos tiene ya ni idea de lo que la otra estará pensando.
Se despiden esa tarde en la estación y Sofía vuelve caminado a su apartamento.
Sube por una calle muy larga, aparentemente interminable. Luego, gira a la izquierda, pasa por delante de un museo y de varios comercios cerrados. No mira a ninguna parte. Está pensando. Cree que no volverá a ver a su amiga. Cree que, la muerte, cuando pasa, arrasa con todo, no solo con los que se van.
Cuando llega a casa, coge el teléfono y llama a su madre enseguida. Ahora, solo quiere oír su voz.

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'