domingo

Rabbit Rouser

Mi marido y yo nos acabábamos de separar, aunque seguíamos viviendo juntos. Nadie lo sabía, me refiero a nuestras familias o nuestros amigos. Y, los niños, no sé qué podrían pensar.
De todas formas, las cosas no habían cambiado demasiado al separarnos. Hacía tres años que no compartíamos habitación, siempre nos gustó tener nuestro propio espacio, y, respecto a las relaciones sexuales, la verdad es que nunca habían sido algo habitual entre nosotros.
Cuando conocí a Raúl, me contó que no le gustaba el sexo, habían abusado de él una vez cuando era pequeño y desde entonces le tenía miedo a la intimidad física. Me dijo que, varios años después de aquello, se había ido a la cama con alguna mujer pero, llegado el momento, temía imaginarse cosas. Se bloqueaba. Creyó que era una cuestión de imaginación.
También me contó que, más tarde, empezó a tener dudas y, una noche, las cosas vinieron solas. Conoció a un par de tipos en un parque, una pareja de gays que le invitaron a su casa. Allí se dejó hacer, nada más que eso, tampoco entonces participó, pero se le acabaron las dudas. A partir de ese momento, se vaciaba en su trabajo. Estaba más tranquilo. Tenía las ideas claras. Pensaba que no le gustaban ni los hombres ni las mujeres y se mantenía al margen. Luego llegué yo y las cosas ya estaban así.
En lo que a mí se refiere, sí que me gustaba el sexo pero conocí a mi marido en una época, terminando la carrera, en la que no sabía exactamente qué me ocurría pero no me encontraba nada bien. Yo tenía 23 años, aunque ya me parecía que llevaba viviendo una eternidad y estaba completamente aburrida. El aburrimiento me ponía muy nerviosa. Me empeñaba en combatirlo y la cosa no solía acabar bien.
Después, me encontré con él.
Con Raúl no había pasión. Me gustaba la postura que cogía para abrazarme cuando dormíamos y el tono aplomado que usaba al hablar. Decía cosas muy bonitas. Además, era muy culto, eso me pareció cuando nos conocimos.
Había momentos que pasábamos juntos que se me quedaban grabados en la mente. A solas me gustaba recordarlos. Él me proporcionaba ese placer tranquilo que a menudo producen los documentales sobre naturaleza, y, en aquella época, eso era lo que yo creía necesitar.
Eso bastó para que me casara con él. Pensé que el resto lo cambiaría.
Hemos estado juntos una década y no hemos hecho el amor más que dos o tres veces al año. Con el tiempo la cosa no mejoró, yo me imaginaba acostándome con mis compañeros de trabajo y también con los hombres que se sentaban a mi lado en el autobús.
Después, decidí dejar de pensar en el sexo. Raúl y yo íbamos a ser felices para siempre. Luego vinieron Anita y Jorge. Y me parecía bonito tener una familia.
Mientras estábamos juntos, todo iba bien. A veces, cuando cambiaba de ambiente (durante las horas muertas del trabajo, sobre todo) me ponía a hablar con otras personas, escuchaba historias distintas y me daba por plantearme cosas. Después me quedaba una angustia que se extendía desde el estómago hasta la garganta y que, sobre todo, me apretaba mucho la caja torácica, como un corsé.
Con el tiempo, la angustia se extendía por todas partes y mi mundo se volvía cada vez más pequeño. Ya había demasiadas cosas en las que no pensar.
También hicimos terapia, la comenzamos unos meses antes de separarnos. Raúl se empeñaba en excitarse, lo intentamos todo, finalmente nos separamos pero nos quedamos tranquilos. Las cosas seguían igual aparentemente. Pensábamos continuar viviendo juntos hasta que los chicos crecieran. Estábamos bien, casi mejor que antes. Luego llegó mi treinta y cuatro cumpleaños. Raúl se empeñó en hacer una fiesta.
La organizamos en el pub que había cerca de casa, dos manzanas por detrás de nuestro bloque. Llegué tarde a causa del tráfico. Venía del trabajo; por aquella época tardaba casi una hora en llegar al barrio.
Cuando entré en el pub, ya estaban Sonia y Brigitte y todas mis amigas de la universidad. No nos veíamos mucho últimamente pero más o menos andábamos al corriente unas de otras. También estaba mi marido, un par de compañeros suyos del trabajo y otros colegas de mis amigas a los que conocía ligeramente.
No me vieron entrar. Mis amigas habían hecho un corro y Brigitte les estaba contando a las demás lo importante que le parecía tener un consolador en casa.
—Es primordial —decía—. Mucho más de lo que pueda serlo, por ejemplo, una lavadora o un lavavajillas.
Permanecí al margen, me apoyé en la barra junto a ellas y me puse a escuchar. Dejé el bolso sobre el mostrador de madera. El camarero estaba ligando con una chica rubia en el otro extremo.
Brigitte les contaba a las demás que ella había aprendido a tener orgasmos vaginales con el consolador. Antes de comprárselo, decía, no sabía donde quedaba el punto G; se lo tuvo que explicar la dependienta de la tienda donde lo adquirió.
Cerró un puño, haciendo como que el interior del puño era el interior de la vagina, hizo fuerza con la mano cerrada y las miró a todas mientras decía que para provocar el orgasmo vaginal había que contraer los músculos de la vagina. Mientras lo decía, contraía el puño repetidamente en el aire.
—Qué poco nos conocemos —exclamó otra de mis amigas. Después volteó la cabeza y, al verme, se puso a gritar. Todas se giraron, algunas empezaron a dar saltitos y a abrazarme.
—¡Cumpleaños feeliz, cumpleaños feeliz, te deseeamos Gloriaa, cuumpleaños feliz! ¡Súper feliz!
Todo el mundo nos miraba. Eso me parecía. Entonces ellas sacaron una bolsa y, de su interior, una caja con forma rectangular.
Estaba envuelta en papel de color fucsia y tenía que abrirla enseguida, eso decían, y lo hice.
Era un consolador de color rosa. Un Rabbit Rouser, explicaron.
Se rieron, todas, muy agitadas, y busqué a mi marido con los ojos. No le veía. Sonia creyó que estaba en los lavabos, le había visto bailando en la pista unos minutos antes. La pequeña pista quedaba al final del pub y ese día estaba adornada con unas luces muy pequeñas de color verde y azul, que caían del techo, colgando de unos finos cables plateados, de un metro y medio o dos de largo. Eran las mismas lucecitas que usaban para decorar la barra en Navidad. Puede que llevaran allí desde las últimas fiestas.
Me sorprendió escuchar que mi marido estaba bailando.
Algunas personas seguían mirándonos pero sonó Placebo y todos volvieron a lo suyo y ellas me dieron otras bolsas con más regalos. Luego, vinieron unos vecinos a saludarme y pedimos unas copas en el mostrador y algunos se fueron al baño y otros a bailar. Había barra libre hasta las doce, eso era lo que Raúl y yo habíamos acordado con el dueño del pub.
Después, vino Raúl a saludarme. Me dio un abrazo y me dijo que llevaba bailando toda la tarde. Lo contó como me cuenta mi hijo las cosas que le ocurren en la escuela y me sentí algo confusa.
Me acomodé junto a la barra con un vaso de ginebra y volqué dentro el botellín de tónica que, me pareció, era más pequeño de lo normal.
Estaba agotada pero me había propuesto divertirme de veras en cuanto le diera un par de tragos a la copa.
Sonia llegó por detrás y me cogió del hombro. Me giré. Nos dimos un abrazo y luego se unió Brigitte.
Yo nunca había visto bailar a mi marido, ese día fue la primera vez.
Le miraba, desde la barra, meneándose a sus anchas por los treinta metros cuadrados que debía tener la pista.
Le observé con curiosidad.
—No me lo puedo creer, nunca le había visto tan desatado —dijo Brigitte.
Él ya se estaba desabrochando la camisa.
—Se le ve muy animado, a tu marido.
Brigitte volvió a sacar el consolador de la caja y le colocó las cuatro pilas. Después, lo encendió y el aparato empezó a vibrar y a mover la punta haciendo círculos. Lo miramos y nos echamos a reír. Volvimos a mirarnos entre nosotras y reímos de nuevo. Habíamos cerrado el corro y Sonia y yo apoyábamos los codos en la barra, mirando en dirección a la pista de baile. Brigitte había quedado frente a nosotras, de espaldas a la pista, debajo de un foco que iluminaba su melena rubia y el consolador rosa.
—La verdad es que estéticamente no es muy bonito que digamos —opinaba Sonia.
—Es un armatoste, pero yo tengo uno igual y te digo que es completísimo —dijo Brigitte.
Continuaron hablando pero yo había vuelto a mirar a mi marido y ya no las oía. Pensaba en él. Luego en el consolador.
Sonó la campana. Eran las doce. Brigitte se acababa de encender un cigarrillo y me tendió el vibrador apagado que, automáticamente, guardé en el bolso.
—¿Qué tal lo lleváis? —preguntó entonces Brigitte. Chupaba su cigarrillo con ansia. Brigitte lo hacía todo con ansia, por eso estaba tan delgada.
—Bien —contesté. Su pregunta me había cogido por sorpresa. No venía a cuento.
—¿No le habrá sentado mal lo del consolador? ¿No se habrá dado por aludido? —dijo entonces.
Me daba pereza contestarle, por eso les propuse que fuéramos a bailar. En realidad hacía mucho tiempo que no hablábamos de nuestras vidas y yo prefería ir a la pista. Por aquel entonces ya había muchas cosas que era mejor no decir en voz alta, eso pensé.
De los altavoces salía Crazy in Love, de Benyoncée, y tenía mucho ritmo. La gente estaba pegando saltos en la pista.
—¿Le habrá sentado mal lo del consolador? A Raúl, digo — insistió Brigitte.
—No sé. No creo.
Entonces fue cuando me lo preguntó, me lo dijo así, de golpe, como si viniera a cuento. En ese momento no lo noté pero ella estaba ya bastante borracha.
—¿Nunca pensaste en serle infiel? Yo no habría soportado una relación así. Te lo juro.
Brigitte sabía que Raúl y yo no nos acostábamos. Yo no se lo había contado a ella (a Sonia sí), pero ese era el tipo de temas que enseguida se extienden.
—Bri, no seas cotilla. Eso son asuntos de Gloria que no le importan a nadie —exclamó Sonia.
Me sorprendió su tono de voz, parecía avergonzada. Quizá ella también pensaba que había cosas que era mejor no escuchar o no saber. A lo mejor su mundo se estaba volviendo, como el mío, más pequeño cada vez.
Pero yo no me sentí incómoda.
—Bueno, di, ¿le has sido infiel alguna vez?
—Nunca —dije—. Estuve un año soñando que me acostaba con todo el que se me cruzaba por delante. Solo eso.
—Joder.
—Sí. Luego me sentía mal. Por eso, me esforcé en dejar de pensar en el sexo. Me acostumbré a esa falta.
—¡Qué valor!
Me reí.
—De hecho —continué—, hace ya años que no siento el más mínimo deseo sexual. Por nadie.
—Joder —dijo Brigitte enseguida, y apagó su cigarro con asco.
—Joder, qué horror —dijo Sonia—. Lo cuentas de una forma que se me ponen los pelos de punta.
Sonia ya lo sabía. Ella y yo nos veíamos a menudo por aquella época, en el polideportivo. Íbamos juntas a nadar, al menos una vez a la semana, y luego comíamos en algún restaurante de los que quedaban cerca, antes de volver al trabajo.
—Pues así es. Además, Sonia, eso tú ya lo sabías.
—¿Lo de que no sientes el más mínimo deseo sexual?, ¿por nadie? Pues no sabía que la cosa estaba tan mal. Nunca lo habías dicho de esa manera.
No hablaba del tema, eso era verdad.
—¿Tanto le querías?¿Cómo para prescindir del sexo por él? —preguntó Brigitte. A Brigitte le parecía mucho más interesante la conversación que irse a bailar a la pista. En realidad, si no fuera por ella esta conversación no habría existido.
—Sí, eso creía, aunque ya no sé de qué ha servido. ¿Sabéis qué?
Me sentía más animada y apuré la ginebra. Dejé el vaso sobre la barra, miré la rodaja de limón mojada que había dentro, tiritando entre un par de hielos medio derretidos.
—Qué —preguntaron las dos al tiempo.
De repente tenía muchísimas ganas de contarlo. Nadie lo sabía aún.
—Os lo voy a decir. Aunque le prometí a Raúl mantenerlo en secreto.
Las dos se quedaron muy pendientes de mí, como congeladas. Entonces pensé que, quizá, diciéndolo en voz alta era cuando, realmente, iba a cambiar algo en mi vida. Les conté que nos habíamos separado.—En realidad, no hay casi diferencia. Ahora él duerme en otra habitación pero, por lo demás, todo es igual.
La dos me miraron boquiabiertas.
—Es extraño, ¿verdad? —continué.
No me gustó ver sus caras, solo estaban sorprendidas pero yo me sentía igual que antes.
—Sí que es raro, sí —dijo Brigitte, pensativa.
—Vaya, lo siento —se lamentó Sonia—. Pero, ¿tú estás bien?
Asentí. Después, tuve ganas de coger un pitillo del paquete de Camel que había dejado Brigitte sobre el mostrador, pero no lo hice. Llevaba ocho años sin fumar.
—Pues, entonces, has hecho bien, pero que muy bien —afirmó Sonia—. Nunca entendí que pudieras estar con un tío al que no le gusta el sexo. Y mira que yo a Raúl le adoro, eh. Es encantador, tú sabes que me encanta. Pero esta relación estaba acabando contigo como mujer. Perdona que te lo diga así.
Le pedimos otras tres copas al camarero. Dijo que nos invitaba. Supuse que había oído la conversación.
—¿Te acuerdas en el instituto? —comentó Sonia al rato—. Te liabas con todos los chicos que venían en moto a clase.
Brigitte soltó una risilla floja y me dio un codazo.
—Después, conociste a Raúl y cambiaste radical —siguió narrando Sonia.
—Sí, bueno, en qué momento, ¿verdad?
Yo ya estaba empezando a flaquear.
—Quizá soy un poco idiota, ¿no?, ¿creéis que soy idiota? —dije, como si de verdad lo dudara.
—De eso nada. ¡A brindar por tu nueva vida! —exclamó Brigitte. Y levantó la copa en el aire.
Chocamos los vasos, después los llevamos a la boca. No me sentía muy bien. Le di un trago largo a la ginebra, conseguí atrapar un pedacito de hielo con la lengua y empecé a masticarlo.
—No sé por qué, pero me daba igual no tener sexo. Él me quería y eso era lo que me importaba.
—Pues a mí no me daría igual —dijo Sonia.
El novio que tenía Sonia entonces, era profesor de capoeira y no había venido a mi cumpleaños porque estaba en Brasil, visitando a su familia.
—Mejor, es que no te tiene que dar igual —le dije yo.
Brigitte me abrazó. Me apretó muy fuerte contra su pecho y yo cerré los ojos.
Sonia continuaba hablando.
—Los hombres son mucho más egoístas que nosotras —decía—. A ver qué tío se casa con una mujer que tenga un trauma con el sexo, a ver. Yo no conozco a ninguno.
Brigitte encendió el cigarrillo que me hubiera gustado encender a mí y me observó.
—Bueno, ahora podrás rehacer tu vida —me miraba fijamente mientras me hablaba—. Volver a disfrutar del sexo.
—No sé,
Me quedé pensando.
—¿Cómo que no sabes? Ya verás como sí.
—Sabéis, hace poco me pasó algo.
Ellas volvieron a mirarme con interés y yo ya quería contarlo todo.
Me había puesto a jugar con la chapa amarilla de un botellín de tónica. La tenía entre los dedos, la dejaba caer sobre el mostrador de madera y luego volvía a cogerla. La ponía boca abajo y hacía círculos con ella sobre la barra. Hacía todo esto mientras hablaba muy despacio.
—Hace más o menos un mes conocí a un hombre y salimos un par de veces —les decía—. Era guapo y divertido. Pensé que me gustaba pero una noche fuimos a su casa a tomar la última copa. En el sofá, empezó a acariciarme y nos besamos. Era muy sensual, pero, de verdad, no sentí nada, absolutamente nada y escapé corriendo escaleras abajo. No he querido volver a verlo. No sé, ya no tengo ganas.
Me miraban sin pestañear.
—¡Es horrible! Lo siento pero me parece horrible. Has perdido diez años de vida sexual y encima te ha dejado de gustar el sexo. Estás jodida.
Eso fue lo último que dijo Sonia. Luego, se empeñaron en ir a bailar, pero ya era tarde.

Raúl estaba detrás de mí cuando cerré la puerta del dormitorio de los niños. Acabábamos de regresar de la fiesta y olíamos a tabaco.
El parqué crujió debajo de nosotros.
Yo les había cogido las caras, a mis hijos, durante largo rato y les había dado muchos besos mientras dormían. La canguro también estaba durmiendo, en la cama plegable.
Al salir al pasillo, él me abrazó. Arrimó su torso a mi espalda, me rodeó con los brazos y me dijo:
—Te quiero mucho, Glori. Me has ayudado tanto. Eres mi mejor amiga.
Sonreí. Cerré los ojos.
En ese momento, me sentí muy bien.
Él continuaba abrazándome. El suelo volvió a crujir y entonces se empeñó en preparar un tazón de Cola Cao con galletas, como hacíamos al principio, cuando nos conocimos.
Fuimos a la cocina; me llevó de la mano.
Me aupé hasta quedar sentada sobre la encimera blanca. Era una postura que no había vuelto a tomar desde hacía años, antes me gustaba verle cocinar allí sentada mientras charlábamos. Raúl era un gran cocinero.
Dejé las piernas colgando y el bolso apoyado sobre los muslos. Me miré los zapatos desde lo alto, los zapatos negros, las baldosas blancas y luego le miré a él.
Se nos había estropeado el microondas. Por eso, él estaba de pie frente al fogón y contemplaba la leche calentándose en el cazo. Noté cómo intentaba mantenerse firme, no perder el equilibrio ni balancearse de un lado a otro como hacía todo el tiempo. Pensé que él también había bebido mucho.
Parecía contento; de cuando en cuando le nacía una fina sonrisa en los labios. Enseguida se la mordía.
Entonces, me lo contó.
Me lo dijo así.
—¿Sabes qué, cariño?, ¿sabes que creo que estoy superando mi problema? Hoy me he empalmado dos veces mientras bailaba. Había una chica que se pegaba mucho a mí, para bailar, y me puso a cien. Y, esta mañana, en el gimnasio, no podía dejar de mirar el culo de una mujer que montaba en una bicicleta estática delante de mí. Ya he hablado un par de veces con ella y creo que me voy a lanzar. Le voy a pedir una cita. ¿No es fantástico?
El bolso se me escurrió de los muslos, rebotó en el suelo y empezó a vibrar y a arrastrarse como una babosa por las losetas blancas de la cocina.
Pensé en decir algo pero me había quedado sin habla. Eso significaba que no me venía a la mente ni una sola palabra y que estaba flotando. También puede ser que estuviera empezando a perder la cabeza. Además, el tiempo ya solo existía en el suelo. No había nada más en ninguna otra parte.
—¿Es tu teléfono móvil eso que vibra ahí dentro? —preguntó Raúl. Estaba atónito.
Los dos mirábamos el bolso.
De repente, me pareció que éramos otras personas.
—El consolador, creo —dije yo. Y sentí un pequeño alivio al oírme.
—Ah. Vaya. Creo que me he perdido algo —dijo él.
Y ya no hablamos más. Nos quedamos muy quietos. Mirando mi bolso. Viéndolo estremecerse y aletear sobre las baldosas níveas de la cocina. No nos decidíamos a recogerlo. Ni nos movíamos.

Relato 'Rabbit Rouser' perteneciente al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'.