domingo

La mujer sin memoria

Este cuento pertenece al libro 'La mujer sin memoria y otros relatos'

La mujer sin memoria mira a los ojos al hombre tumbado a su lado en la cama y se estremece.
Están desnudos sobre el colchón, sobre las sábanas azules.
Él se incropora,  apoya la espalda contra la pared y respira hondo. Entreabre los labios. Extiende las piernas a lo largo del colchón y acaricia la mano de ella.
Los cuerpos, húmedos, brillantes.
Ella sigue tumbada. Su melena rubia se vierte sobre el almohadón de plumas, se derrama por todas partes. Parece que estuviera nadando, o flotando en el aire, con toda esa melena desplegada.
Las cosas no son nada fáciles para esa mujer, no hace falta decirlo. En cualquier momento todo lo que acaba de ocurrir en la habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Ella seguirá recordando los conceptos, pero no a las personas. Mientras tanto, ahora, no percibe nada más que al hombre que hay a su lado. Tan impresionada está.
Se pregunta si será la primera vez que están juntos, le parece guapo y sensual. Le gusta mucho.
El atardecer se filtra por las ranuras de las persianas bajadas, destila finas hebras de sol por las paredes de la estancia.
No se oye nada en ningún lugar.
Él cierra los ojos y aprieta su mano. Ella le imita y pronto siente que se cae por un agujero muy profundo y que todo su cuerpo se hunde. Es una sensación intensa, la más apasionada que cree haber vivido. Siente vértigo, que le falta el aire e, impresionada por lo extremo de las sensaciones que la absorben, abre los ojos azules que se quedan muy redondos mirando al techo del cuarto.
Exhala
Se pregunta si será amor eso que ha sentido.
Pasan unos minutos.
Cuando vuelve a mirar al hombre, se estremece. Le embarga una emoción extraña. Le ve pero no le sitúa. Él no tiene un lugar en la cabeza de esta mujer. Nadie lo tiene.
¿Por qué se siente como si estuviera nadando en un lago sin fondo y con los ojos vendados? ¿Cuántas veces se habrá hecho la misma pregunta?
Aún reconoce las últimas horas que ha pasado con él. Nada más que eso.
Se asusta.
Enseguida su mente racionaliza que es muy probable que cada día tenga idénticas sensaciones. Que es inútil ponerse triste.
«Quizá sea mejor así —se dice—. Sin recuerdos».
No puede ni imaginarse cómo sería la sensación de almacenar datos y sentimientos durante años sin descanso. Cree que su mente no podría soportar el peso de un solo recuerdo porque no está acostumbrada a ello.
Finalmente, abraza al hombre que tiene a su lado. Abarca todas las emociones gratificantes que le produce su compañía.
El tiempo transcurre.

Una noche, las farolas iluminan la lenta caída de los copos de nieve.
La mujer sin memoria contempla la imagen a través de una ventana. La nieve cubre los tejados de la ciudad, las antenas y los árboles de la calle.
Dentro del apartamento, la calefacción está al máximo y el aire es caliente.
Suena la música de Barry White.
La mujer que no tiene memoria vuelve a la cama. Se quita el albornoz y se echa boca abajo junto al hombre allí tumbado. Se abrazan. Se siente feliz. Piensa que está enamorada de él.
Enseguida levanta el cuello para mirar a los ojos al hombre.
Él continúa tumbado boca arriba y tararea la canción. Solo sigue la melodía, no canta la letra.
Parece contento.
Ella se inclina para besarle.
El pelo suelto le cae sobre los hombros y roza el pecho del hombre.
Se acerca. Besa aquello que le produce tanto placer.
No sabe si es la primera vez que están juntos. No quiere hacerle preguntas porque no le apetece sentirse una inválida. A él se le nota perfectamente que sí tiene memoria, se le ve muy seguro de sí, de sus actos, como sabiendo dónde está y con quién en todo momento, como quien tiene un pasado ya hecho y un futuro por lo menos medio planeado. Ella ni siquiera cuenta con el dato de si le ha conocido esa misma noche o llevan juntos, por ejemplo, diez años.
De repente, le contempla con esa mirada poderosa que siempre tiene la mujer sin memoria.
Ella mira así, tan intenso, casi con urgencia, porque necesita aferrarse a algo con los ojos, a cualquier cosa, para no sentir ese desapego a todo que tan a menudo la ahoga.
De nuevo, baja la cabeza, la deja reposar sobre el pecho del hombre.
Durante un momento, descansa.
No hace falta decir que ella solo llega a descansar a ratos, instantes sueltos. Lo otro, la desazón, es una constante.
A menudo controla sus impulsos (conoce su defecto y le gusta disimularlo). Con frecuencia esto la lleva al agotamiento. El agotamiento le produce sueño y cuando despierta ya no recuerda nada.
Si no hay marcha hacia delante, hay marcha atrás.
Continuamente esa lucha.
Tiene el cuello ladeado, la cara mirando hacia la ventana. Se ha quedado observando la fragilidad de los copos de nieve en la intemperie, a través de la luz de las farolas.
La nevada la impresiona pero también le parece muy hermosa, muy especial, vista desde el torso del hombre, desde el interior de esa habitación.
Nadie más que la mujer sin memoria podría nunca comprender lo que ella siente cuando siente.
Ni lo poco que ella puede llegar a sentir.
Tan difícil resulta lo uno como lo otro.
De pronto, se nota feliz; se imagina que tiene una vida con él.
El viento ha empezado a agitar las hojas de los árboles. Los copos de nieve vuelan ahora en horizontal, se dejan llevar.

El tiempo vuelve a transcurrir.

Una tarde, el sol entra asfixiado por las ventanas. La mujer sin memoria se encuentra en una estancia que no reconoce. No importa, ella podría incluso estar en su propia habitación y no reconocerla. Pero, lo que en realidad la incomoda ahora, es el hombre tumbado a su lado en la cama. Está crispada, enfurecida con ese señor.
No recuerda que nadie le haya caído jamás tan mal, que nadie le haya irritado nunca tanto. No lo recuerda, pero eso es fácil para esa mujer. No olvidemos que ella lo vive todo con exacerbada pasión.
A sus ojos, todo es una novedad.
Cada detalle, extremadamente intenso.
Continuamente, este nerviosismo, esa desazón, aquella sorpresa, otro hallazgo… Y, ahora, cree que acaba de descubrir lo que es la antipatía.
En fin.
La mujer no almacena en su memoria ni una sola imagen o sentimiento que le hagan acordarse del cariño que le tiene al hombre sentado a su lado (en el supuesto caso de que ya le conozca) o, cuando menos, de ubicarse en la situación que está viviendo justo ahora.
¿Será él realmente un estúpido, o tan solo tendrán un mal día cualquiera de los dos?
El hombre le está cayendo grotescamente mal y no se ve con fuerzas como para soportarle durante mucho rato. Le sacaría de esa casa, de una patada, en ese mismo instante.
A veces, consciente de su propia falta de retentiva y de todo lo que esto trastoca su vida cotidiana (si es que se puede llamar cotidiana a su vida), esta mujer piensa, razona y analiza todo lo que le sucede con mucha mayor atención que el resto de las personas. Prefiere andarse con cautela en vez de tomar decisiones apresuradas.
Respira hondo. Mira por la ventana desde el colchón, contempla el día asfixiado, el azul febril del cielo, los vencejos sobrevolando la azotea del edificio de enfrente y, de repente, se pregunta si alguna vez le habrá amado.
Cree que es importante saberlo.
Se le ocurre que, quizá, sea él su gran amor.
Luego se le ocurre que eso es imposible.
No puede ser.
Qué tontería.
Es entonces cuando lo nota, la patada en su vientre. Por dentro.
Se mira la tripa. Está tumbada pero hasta este momento no se había dado cuenta de la enorme barriga que tiene. Es como un balón de fútbol. Cierra los ojos, recapacita. Los abre y se pone la mano en el vientre.
No quiere pensar en todas las frases, las preguntas, que se le vienen a la cabeza.
El hombre la mira desde arriba y sonríe. Está de pie. Le ha traído de la cocina una tableta de chocolate y ahora le ofrece un bloque de cuatro onzas.
Parece que quiere hacer las paces pero ella se mira la barriga.
¿Será fruto de su unión con ese hombre?
Enseguida alza el cuello y le observa.
No, por favor.
No quiere que él tenga nada que ver con ese vientre.
A veces es muy difícil razonar, reflexionar.
A veces ella se vuelve muy impulsiva.
—¡Me caes mal, no te aguanto! —grita, de repente. Después se coge la barriga.
Pero ella recuerda los conceptos. Los conceptos para la mujer sin memoria sí tienen valor. Un hijo es un concepto, un padre también.
Espera a que él diga algo. Se arrepiente de haberle hablado de esa manera. El hombre no dice nada. Ella espera. El hombre sigue callado cuando ella se mete la onza de chocolate en la boca, sin dejar de mirarle, y se la lleva al paladar y la aprieta levantando la lengua. Siente cómo se deshace. Él continúa callado. Entonces ella frunce el ceño y se pone a pensar. Tiene dudas, unas dudas enormes. Le dan ganas de mandarlo todo a paseo…
Respira hondo.
No debe ser fácil vivir con una mujer sin memoria. Lo reconoce.
Divaga. Forma conjeturas.
Se sorprende.
¡Puede que él no hable por que es mudo!
Menuda pareja, ella sin memoria y él mudo.
Y, ahora, a punto de tener un hijo.
Continúa mirándole. Ahora que lo piensa, no recuerda haberle oído hablar, pero ahora que lo piensa mejor tampoco recuerda por qué le caía tan mal ese hombre.
En fin.
La vida sin memoria no es nada seria. No lo es.
Se da media vuelta. Decide que lo mejor que puede hacer es dormirse. Se siente impotente. Desde fuera cualquiera podría pensar que está loca, esa es la sensación que le da. Si tuviera memoria podría compararse con el resto de las personas. Sin embargo, en esta situación, ella no es quién para juzgarse. Sin memoria todo se idealiza.
Todas estas circunstancias se le antojan demasiado complicadas.
Cierra los ojos.
De repente, al cabo de unos segundos, le hace mucha ilusión estar embarazada y vuelve a acariciarse la barriga. Debe estar a punto de dar a luz, se dice. Ya quiere ver a su hijo.
Poco a poco empieza la cuenta atrás.
Nota una mano cálida que le roza la cintura, por debajo de las sábanas.
¿Quién es?
¿Hay alguien más ahí, con ella, en la cama?
Ahora le parece todo muy agradable. Un cuerpo caliente junto al suyo. Es un hombre. Además ahora se ha puesto frente a ella y la mira. Tiene una bonita sonrisa y los ojos encendidos.
Va a tener un bebé y junto a ella hay un hombre guapo que no deja de sonreír. Eso le produce emoción. De pronto, se siente la mujer más feliz del mundo. No. Se siente la persona más feliz del planeta.
En cualquier momento, todo lo que acaba de ocurrir en aquella habitación se borrará de su mente, dejará de existir. Mientras tanto, ella vive. Tan impresionada está.